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FUN-DADA, TODO COMENZÓ “EN EL BAR JAPONÉS” CON PABLO BLANES
Por: Carmen Rubio

Todo comenzó “en el bar japonés”, aunque puede que todo se fundara en una sola pieza. Esa pieza fue un pilar, aunque hueco, no sostenía nada, no era macizo, sino etéreo. Un “paisaje geométrico” vertical, que contenía todos los paisajes si moviéramos las piezas. Como un juego, uno de esos juegos de dados que en cada cara tiene un icono, que representan cosas
concretas, aunque no todos veamos lo mismo, sino que para cada uno de los jugadores tiene referencias diversas, por lo que las posibilidades, a la hora de crear una historia, un cuento o un poema, se hacen infinitas. Serían dos dados, uno tendría en sus caras, sol, luna, cielo, nubes, viento y desierto. El otro, montaña, árboles, olas, peces, perro y casa. Símbolos
universales con los que construye sus poemas simbólicos.

“En el bar japonés” Blanes juega a crear paisajes geométricos de nuevo. En este caso una escena interior, agobiante, claustrofóbica, como bar japonés, pero abierta y transitable. Y al geometrizar la escena, los iconos que usó en aquella escultura para construir las piezas del interior del pilar, dejan su tridimensionalidad y aparecen planos, o en espacios en negativo, valorando el vacío que acoge las figuras, con colores lisos, manteniendo, o no, lazos como cadenas de montaje, conexiones lineales que más que paisajes hacen de las obras narraciones
voluntarias. Lo que aún no me atrevo a asegurar es si esa voluntad es del artista o nos deja ese privilegio al público.

La madurez artística de Blanes es producto de una necesidad. La de olvidar y romper con una rutina estresante, fruto de las exigentes actividades que el mundo de hoy en día no obliga a
mantener. Esa conversación relajada con la creación plástica procede de una decisión personal, alejada de las academias y enseñanzas regladas, o no. Sorprende por ello que Blanes sea un autodidacta que pueda presentar todo un proceso creativo como el que acabo de
describir. Sobre todo cuando, al escucharle, habla de la no impuesta obligación, pero deseo, de sacar el Arte a la calle, a la gente.

Con esta serie de paisajes geométricos nos quiere transmitir alegría, pero no una alegría gratuita, no, sino una esperanza seria que, no podría ser de otra manera, nos haga mirar hacia la Naturaleza. Su reacción ante los horrores, de los que estamos siendo testigos desde hace algún tiempo, es rechazar valores burgueses y mercantilistas mediante la sencillez formalista y el color.

Las escenografías a pequeña escala, que como maquetas de la vida, he realizado Pablo Blanes en los últimos años, son descendientes de su trabajo en la cerámica hace ya algún tiempo. Son escenas irónicas y crudas que podríamos describir como figuración social, algo naif, y muy
surrealistas, y que además funcionan, transmiten con claridad, emiten un mensaje concreto, cumplen su función y el artista es comprendido, se da esa maravillosa comunicación entre los que hablan un mismo idioma. Ahora, con estos paisajes geométricos, o poemas simbólicos,
vuelve a desnudar el Arte de lo que le sobra y consigue un minimalismo eficiente. Y utilizo aquí el término minimalista en el mismo sentido que lo usó Wollheim en el 65 refiriéndose a obras dadá y color-field, reducir a lo estrictamente necesario el lenguaje pictórico para comunicar
una idea.

Esta nueva serie de Blanes comparte con la poesía esa necesidad de eliminar el desorden, comparte la métrica, pero de verso libre, para Blanes todo es sencillo. Se quita de encima todo el lastre que pueda ocultar la limpieza clara del mundo que él ve. Se libera, nos libera, de la
necesidad de ajustarse a una representación estereotipada del entorno, de las ideas y de los anhelos. Nos libra del corsé que impone una norma para los colores, ¿por qué este no pega con aquel o el de más allá anula el que se coloca cerca del otro? Descubrimos, de repente, que
las reglas se pueden saltar, que funciona saltarse las reglas. Nos hace sentir como la novia de Malévich paseando de su mano por un jardín haciendo pintadas sobre las flores, o como la mujer que ató una nube a un pez a lomos de un perro y salió corriendo hacia árboles caídos.

Pero no os despistéis. Blanes, de repente, nos coloca ante el punto, el gran centro, el circulo, el que implosiona, el que se vuelve hacia dentro. Nos mantiene centrados ante algo que, de lejos, nos puede parecer estable, pero que al acércanos vemos que pende de algo no vemos, que
puede girar y salir rodando, oscilar como un péndulo, y además, se mueve, y como son dos, uno se mueve ondulante y hacia dentro, como si quisiera salir al otro lado del muro, el otro, inquietante, parece estar afilado, y deseamos que no se mueva.

Sonrío cuando imagino estas obras de Blanes. Me gusta jugar a ver qué sale. A interpretar sus paisajes una y otra vez, siempre distintos. Y pienso en un bar japonés donde un artista daltónico sienta a la belleza en sus rodillas y la besa, y le sabe a fresa.